La economía imposible de Open AI

SOBRE LA IMPLOSIÓN MONETARIA DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL Y EL EXTRAÑO CONSUELO DE LA PUBLICIDAD

(O: por qué las máquinas que piensan resultan tan increíblemente caras de alimentar)

Hay algo profundamente —y de una manera casi cómicamente trágica— humano en el hecho de que OpenAI, la entidad que supuestamente nos iba a catapultar hacia una singularidad de silicio donde el trabajo y el aburrimiento serían reliquias del pasado, esté actualmente “quemando” dinero a una velocidad que haría palidecer a un entusiasta de la pirotecnia en pleno julio.

La cifra que hoy circula tiene esa cualidad particular de los números astronómicos: una proyección de pérdidas de 14.000 millones de dólares para 2026. Es una cifra que no se puede sentir; es simplemente un vacío estadístico. La ironía central es evidente: estamos ante una tecnología capaz de redactar un soneto en el estilo de un marinero del siglo XVIII en tres segundos, pero que no parece capaz de resolver el problema aritmético básico de “ingresos menos gastos”.

De no mediar una nueva ronda de inversión —que es, básicamente, el equivalente corporativo a pedirle a tus padres que te financien otro semestre de una carrera que claramente no vas a terminar—, la empresa entraría en bancarrota absoluta en 2027.

Lo que resulta verdaderamente fascinante (en el mismo sentido en que un accidente de tráfico en cámara lenta es fascinante) es la solución propuesta: la publicidad.

OpenAI ha empezado a introducir anuncios en ChatGPT, una estrategia que equivale a intentar apagar un incendio forestal con un atomizador de perfume. El problema es estructural: el costo de una sola —puta— consulta a la IA es tan masivo en términos de procesamiento y consumo energético que ningún banner sobre seguros de coche o aplicaciones de citas puede siquiera empezar a compensarlo.

Estamos, pues, ante un modelo de negocio que parece basarse en la esperanza mágica. La IA consume recursos a un ritmo que, sencillamente, “no tiene ningún sentido”. Es un parásito digital de una elegancia sin parangón.

La conclusión es doble, y bastante sombría: o bien las capacidades de estas IAs comienzan a ser limitadas de forma drástica —convirtiendo al oráculo digital en poco más que una calculadora con exceso de confianza—, o aceptamos que estamos frente a una burbuja de tal magnitud que, cuando explote, el sonido de los servidores apagándose será el único lenguaje que todos entenderemos por igual.

Es, en esencia, la vieja historia americana: construir algo tan brillante y complejo que nadie pueda permitirse que siga existiendo, y luego intentar salvarlo vendiéndonos algo que no necesitamos mientras esperamos, colectivamente, que 2027 nunca llegue.

BaityLive, “OpenAI quema dinero y podría quedarse sin fondos en 2027”

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