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  • A quiebra de los restaurantes Pedro, Juan y Diego y una heladería que operó como Savory

    A quiebra de los restaurantes Pedro, Juan y Diego y una heladería que operó como Savory


    El holding gastronómico Unifood, uno de los mayores operadores de cadenas de comida rápida y heladerías en Chile, confirmó la quiebra de restaurantes de la cadena Pedro, Juan y Diego y de una heladería operada bajo la marca Savory, en medio de una profunda crisis financiera que afecta a múltiples unidades de negocio del grupo. 

    Contexto de la crisis

    Unifood, controlada por el fondo de inversión Mesoamérica, enfrenta procedimientos concursales nacionales que comenzaron con solicitudes de reorganización judicial y que culminaron en liquidaciones y quiebras. Varias sociedades relacionadas, incluidas Cuatro SpA —operadora de Pedro, Juan y Diego— e Ice Cream SpA —operadora de heladerías Savory— no lograron cumplir con sus compromisos de pago a acreedores, lo que derivó en la declaración de quiebra por parte de tribunales civiles. 

    Causas de la insolvencia

    Los problemas financieros de Unifood tienen múltiples factores:

    • Deudas acumuladas y pasivos elevados frente a acreedores, incluidos bancos, inmobiliarias y proveedores, con montos millonarios impagos que superan ampliamente los compromisos acordados en procesos de reorganización.  
    • Incumplimiento reiterado de acuerdos concursales, particularmente en las operaciones de Pedro, Juan y Diego y heladerías Savory, que debilitó la confianza de acreedores y aceleró las acciones de liquidación.  
    • Efectos prolongados del estallido social de 2019 y la pandemia de Covid-19, que redujeron el flujo de clientes en locales físicos y deterioraron los niveles de ventas en redes de comida rápida y servicios de alimentación fuera del hogar.  

    Impacto operativo

    La quiebra de estas unidades no solo indica el cierre definitivo de operaciones comerciales, sino que también implica la terminación de actividades en restaurantes y heladerías asociadas, con la consecuente pérdida de empleos sectoriales. En conjunto, estas operaciones sumaban más de mil trabajadores vinculados a Unifood. 

    Adicionalmente, Uniservice —filial encargada de servicios administrativos internos del grupo— solicitó su propia liquidación voluntaria, evidenciando que las dificultades comenzaron a impactar incluso a unidades no directamente dedicadas al servicio al cliente. 

    Medidas anteriores y estrategia fallida de salvataje

    Previo a esta quiebra, Unifood había explorado distintas estrategias para sostener sus marcas:

    • Propuestas de venta de activos y operaciones, incluyendo posibles traspasos de marcas como Savory y otras cadenas a terceros, con el objetivo de generar liquidez.  
    • Procesos de reorganización judicial iniciados desde 2023, con acuerdos aprobados por los acreedores, aunque posteriormente incumplidos de manera sistemática por la falta de flujo operativo adecuado.  
    • Aun cuando algunos procesos de reorganización habían sido aprobados con altas mayorías de acreedores —en particular para las marcas Pollo Stop y Pedro, Juan y Diego en fases anteriores—, dichos acuerdos no alcanzaron a revertir la erosión de la situación financiera.

    La quiebra de los restaurantes Pedro, Juan y Diego y de la heladería que operaba bajo la marca Savory representa un hito significativo en el sector gastronómico chileno, al evidenciar cómo conglomerados históricos pueden verse superados por una combinación de altos pasivos, cambios estructurales del mercado, efectos macroeconómicos y la incapacidad de cumplir planes concursales. La resolución de estos procesos de liquidación y el impacto sobre el empleo y la oferta gastronómica serán temas centrales en los próximos meses para la industria alimentaria loca

  • Minera Aclara rechaza acusaciones por el gran incendio del sur

    Minera Aclara rechaza acusaciones por el gran incendio del sur

    Minera Aclara volvió a ocupar el centro del debate público tras rechazar de manera categórica una serie de acusaciones que, según la compañía, carecen de sustento técnico y responden más a un clima de desinformación que a hechos verificables. El episodio, lejos de ser aislado, ilustra con bastante precisión el estado actual de la minería: una industria que ya no se juega únicamente en balances, permisos y sondajes, sino también en el terreno movedizo de la opinión pública.

    En un comunicado difundido esta semana, la empresa sostuvo que las imputaciones formuladas en su contra —vinculadas principalmente a supuestos impactos ambientales y a la relación con comunidades locales— no reflejan la realidad de sus operaciones ni el marco regulatorio bajo el cual desarrolla sus proyectos. Aclara aseguró cumplir con la normativa vigente, someterse a procesos de evaluación ambiental exhaustivos y mantener canales de diálogo abiertos con los actores del territorio.

    El punto no es menor. En un contexto donde la minería enfrenta un escrutinio creciente —impulsado por la crisis climática, la presión por estándares ESG y una ciudadanía más informada y menos deferente— cualquier acusación, incluso preliminar o imprecisa, tiende a amplificarse. La reputación corporativa se vuelve entonces un activo tan frágil como estratégico.

    Desde la empresa insisten en que su modelo productivo incorpora tecnologías orientadas a reducir el impacto ambiental, optimizar el uso de recursos y asegurar trazabilidad. En particular, subrayan que los procesos asociados a tierras raras, uno de los focos sensibles del debate, se desarrollan bajo estándares que buscan diferenciarse de prácticas históricamente cuestionadas en otras latitudes. El mensaje es claro: no toda minería es equivalente, aunque el debate público tienda a tratarla como si lo fuera.

    Las acusaciones, por su parte, surgen en un clima de desconfianza estructural. Para sectores críticos, la promesa de “minería responsable” sigue siendo un oxímoron elegante. Para las compañías, en cambio, el desafío consiste en demostrar —con datos, auditorías y hechos verificables— que la ecuación entre desarrollo económico y resguardo ambiental no es solo retórica corporativa.

    El caso de Minera Aclara expone, en última instancia, una tensión más amplia: la dificultad de sostener proyectos extractivos en sociedades donde la legitimidad ya no se obtiene únicamente por vía administrativa. Hoy, además de permisos, se exige narrativa, pedagogía y una transparencia que soporte el examen constante de una esfera pública hiperconectada y escéptica.

    Mientras las autoridades analizan antecedentes y los distintos actores fijan posiciones, la empresa apuesta por una estrategia defensiva que combina respaldo técnico y comunicación activa. El desenlace aún está abierto, pero una cosa parece clara: en la minería contemporánea, rechazar acusaciones no basta; hay que demostrar, una y otra vez, por qué se tiene derecho a operar.